Ante el debate, a propósito de la jornada continua en las escuelas, frente al actual horario de mañana y tarde en los centros de infantil y primaria, siempre preocupados por la mejora de la educación, queremos aportar también nuestra opinión.
De entrada, como trabajadores en activo que somos la mayoría de los padres y madres, entendemos y damos apoyo a esa reivindicación. Pensamos, sin embargo, que hay que distinguir necesariamente dos cuestiones diferentes: el horario de los profesores y el horario del alumnado. Como tantos otros servicios públicos y también muchas actividades privadas, la jornada continua de sus trabajadores no supone que el horario de prestación del servicio o de la actividad sea el mismo. Sin salir de la enseñanza, ya hace muchos años que los institutos de secundaria tienen una jornada para el alumnado que no es la de los profesores.
Y no hace falta argumentar que en primaria es diferente porque el alumnado debe estar siempre con su tutor. Examinando el currículo de primaria, se observa que, de las 25 horas semanales de docencia que tienen los alumnos, casi la mitad son con profesores diferentes de su tutor, bien con especialistas (música, educación física, lenguas extranjeras) bien con otros (lengua oficial diferente de la del curso, plástica a veces, informática, etc.). Por tanto, el alumnado pasa bastante horas sin su tutor y permiten estructurar los horarios de manera que cada profesor tenga jornada continua, o acumulada en unos días dejándole libres otros, sin que por eso los alumnos deban ver variada su actual permanencia en la escuela.
Primero, para evitar que la fatiga de muchas horas seguidas disminuya su rendimiento. Todos los que estamos en el mundo de la educación sabemos que una cuarta o quinta hora seguida de docencia encuentra al alumnado cansado, inquieto, nervioso e incapaz de mantener la atención, la concentración y el esfuerzo necesario para seguir correctamente la clase. Y si eso pasa con los ya adolescentes, mucho peor -por no decir imposible- será evitarlo para los más pequeños. Ciertamente, también puede pasar eso a las horas de la tarde, pero no es la mismo una hora y media o dos, después de tres horas sin clase, que hacerlo acto seguido a tres horas anteriores de docencia y esfuerzo.
Segundo, porque los resultados constatados donde se ha implantado para los alumnos la jornada continua muestran una caída de entre el 10 y el 20%, según el Caride, de su rendimiento académico. Si eso ya es bastante para rechazarla, como padres y madres nos preocupan, todavía más, las otras dimensiones del desarrollo personal, emocional y social de los menores, que insoslayablemente necesitan de un tiempo con su entorno personal.
Tercero, porque más allá de un lugar de transmisión de conocimientos la escuela también es un lugar natural de socialización de los niños y niñas, de adquisición de pautas, habilidades y valores personales para con los que no cuentan actualmente con espacios alternativos. Ni el barrio, ni la calle ni un entorno familiar amplio -con primos y gente de su edad- son hoy realidades que puedan sustituir al colegio, como hemos tenido la suerte los que somos de generaciones anteriores. Si los horarios de permanencia en el colegio sólo contemplan un descanso de 20 minutos, con algún otro de 15 ó 10 minutos, a lo largo de todo la mañana, los niños no tienen la oportunidad de hacer amigos, aprender y practicar juegos de una cierta duración, convivir y llevar adelante hábitos y normas de conducta, asumir sus reglas y todos los valores educativos que se asimilan a través del juego, y ni tan siquiera de gozar diariamente de un entorno de esparcimiento con gente de su edad y sin la presión del tiempo que se acaba. Basta comprobar, en todas las encuestas, cómo pasan los escolares pequeños la mayoría de su tiempo libre fuera del colegio: TV, videoconsolas y ordenador. Actividades estrictamente individuales y, actualmente, nada formativas.
Cuarto, porque aunque se argumente que el final de la jornada escolar no supondría el cierre del centro, todos sabemos que actividades ahora ordinarias a todos los colegios, como la de comedor, las extraescolares vespertinas, etc. se verían mucho reducidas cuando no directamente suprimidas. ¿Va a mantenerse abierto el centro y con el personal apropiado para esas actividades? ¿Quien lo pagaría? ¿Se reforzaría la política de becas o más bien se provocaría que las familias recogieran a los niños y niñas solo acabar las clases y así ahorrar todo ese esfuerzo y ese dinero? Basta comprobar cuantos institutos tienen hoy, con la jornada continua del alumnado, servicio de comedor o actividades escolares de tarde. En cambio, con la jornada partida, los padres y madres sabemos muy bien que, son nuestros hijos e hijas, los que nos piden quedarse a comer al colegio o a las actividades de tarde, y que no les supone ningún tropiezo estar al colegio 9 o 10 horas al día, porque saben que la mitad de ellas son para jugar o hacer actividades que ellos mismos quieren seguir. Manteniendo el horario actual, las administraciones deben atender las reivindicaciones de las familias para instalar y mantener esas actividades, garantizando, con el oportuno sistema de becas de comedor, extraescolares financiadas por los ayuntamientos, etc. que también el alumnado con carencias económicas pueda tener acceso a ellas. El resultado es que todos los alumnos pueden contar con horas en el centro, rodeados por los de su edad, para terminar su proceso de socialización, para hacer actividades complementarias y extraescolares que desarrollan habilidades y aptitudes que la enseñanza reglada no siempre puede atender ni fomentar (teatro, deportes, artísticas...). Son horas para garantizar su intercambio afectivo y emocional, sus conocimientos e inquietudes, sus dudas y certezas, con sus iguales y no, como en casa -y si tienen la suerte de que los padres estén- únicamente con adultos.
Quinto, justamente debido a las condiciones actuales de la sociedad, contemplamos la escolarización como elemento principal e insustituible para el desarrollo integral de los menores, encontramos que recortar su permanencia en el centro, eliminando las horas libres que ahora aprovechan para su crecimiento personal -complementario y reforzador de la formación académica- solo provocará que las carencias e incluso las patologías asociadas al aislamiento y a una defectuosa integración social que, actualmente, crecen de manera alarmante entre los menores, sean una característica inseparable de las futuras generaciones.
Por todo eso, o la sociedad en su conjunto cambia las actuales estructuras de horarios de las familias, de uso del tiempo libre de los niños y niñas, de lugares y actividades con las que puedan suplir la que ahora les facilita la escuela, o nos enfrentamos a un panorama donde por atender una justa reivindicación laboral de los profesores podemos destrozar definitivamente no solo la formación académica, sino todo el futuro personal de los menores y, al final, de la propia sociedad del mañana.
Ni como APAS, ni como padres y madres responsables de nuestros hijos e hijas, ni como ciudadanos preocupados por nuestra sociedad, podemos aceptar pasivamente este riesgo sin pedir una racional reflexión de todos los implicados en la escuela, la educación y la formación integral de la infancia y la juventud.
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